Sobre “La muerte de Artemio Cruz” de Carlos Fuentes

La muerte de Artemio Cruz, publicada en 1962, es una novela política escrita por el diplomático y literato mexicano Carlos Fuentes. La obra retrata, de manera ilustre, la nueva realidad socio-política mexicana que fue instituida en la primera mitad del siglo XX por el grupo que se consolido en el poder tras la culminación de la Revolución Mexicana. Carlos Fuentes destaca que la Revolución Mexicana fue, más que todo, una revolución cultural; un suceso que le permitió al país reconocerse, ver su propio rostro. El impacto cultural es tan relevante que se logró romper con el aislamiento y la fragmentación en la que se encontraba sumergido el país. Tras la caída del viejo régimen y con el surgimiento del estado nacional moderno mexicano surgieron también las instituciones que le darían sostén a este sistema y a sus nuevas clases sociales. Artemio Cruz es el personaje que encarna aquellas realidades: un industrial y político surgido de la lucha revolucionaria y que terminaría siendo un ejemplo claro de los vicios y las artimañas de las que se sirvieron individuos y organizaciones para culminar en un país lleno de injusticias, abusos, corrupción y desigualdad gracias al asenso al poder, usando las palabras del mismo Carlos fuentes, de una burguesía rapaz, poco ilustrada y egoísta.

Por otro lado, el autor, en su intención de incitar y provocar al lector, construye la narrativa del libro de tal manera que cuenta la historia, simultáneamente, en tres planos distintos: el primero, a modo de espectador, el “Él” narra los doce días trascendentales en la vida de Artemio; el segundo, desde su lecho de muerte, el “Yo” habla en tiempo presente y narra la escena de los días finales de Cruz y; por último, representando a su conciencia, al futuro, el “Tú” reflexiona sobre lo que ha sido y sobre lo que vendrá. Una muerte disfrazada de vida.

Los autores que pertenecieron al llamado boom latinoamericano, entre ellos Carlos Fuentes, sabían que, en el ámbito literario, no eran la culminación nada; sin embrago, tenían la convicción de saber que serían el principio de algo. Con una visión bastante romántica, creían que un libro de Vargas Llosa en Perú, uno de Cortazar en la Argentina o uno de García Márquez en México era solamente un capitulo, un fragmento de esa toda manifestación cultural que se venía forjando y que pretendía cuestionar, de manera profunda, el dilema de la identidad regional nacional. Sería un error substraer de la narrativa latinoamericana esta obra y pretender entenderla por si misma. Los novelistas latinoamericanos insistieron en temas históricos y políticos con una sola finalidad: rescatar todo lo no dicho por la historia, descubrir una verdad histórica en el presente que permitiera un proyecto coherente para el futuro. Ardua tarea; entendida desde la perspectiva de Carlos Fuentes en la que distingue dos tipos de culturas: por un lado, aquellas que nacen gracias a la aniquilación de las formas preexistentes con la finalidad de trasplantarlas por ideas e instituciones diferentes y; por otro lado, las civilizaciones mestizas, las cuales, sin pretender el exterminio de las formas anteriores, se disponen a mezclarse, de tal suerte que el proceso de formación de instituciones sólidas, que correspondan a esa nueva realidad surgida del choque y el encuentro de dos civilizaciones distintas, se torna más complejo. Ese es el caso de México y sus hermanos latinoamericanos.

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