Mill y los fines de la vida

En medio de las nuevas y triunfantes fuerzas del nacionalismo y el industrialismo, que exaltaban el poder y la gloria de las masas humanas, el individuo se había convertido en víctima. Esta cuestión se estaba convirtiendo en un grave problema público y privado: Darwin y Marx eran solo algunos de lo que se pronunciaban sin imaginar la posterior influencia histórica que tendrían sus ideas. Sin embargo, el tratado Sobre la libertad de Mill lograría un mayor impacto en el corto plazo. John Stuart Mill fue el máximo defensor de las libertades civiles, replanteo claramente los principios de estas y se convirtió en el fundador del liberalismo moderno.

Mill fue educado a la luz de los principios de la nueva ciencia del hombre para formarse como un ser racional capaz de librar la ignorancia y la debilidad; la dos fuentes de irracionalidad —únicas responsables de las miserias y vicios de la humanidad—. Para los 12 años Mill poseía el conocimiento de un hombre de 30 excelentemente instruido. Sin embargo, esto no evitaría que Mill, en su primera madurez, afrontara una crisis agónica donde la falta de objetivos lo llevará a una parálisis de voluntad y a una profunda frustración. Se preguntó: suponiendo que se realizará el noble ideal de Bentham de la felicidad universal, ¿esto podría colmar todos los deseos? Reconoció que no. ¿Entonces cual era el sentido de la vida? No encontró ninguna razón que justificará su existencia. Superada la crisis, Mill también fue contra el dogmatismo, el trascendentalismo y el oscurantismo; defendía la razón, el análisis y la ciencia. Se opuso rotundamente a la opresión de los individuos por el peso de la autoridad; se opuso, incluso, al orden y la paz. Sin embargo, Mill creía profundamente en la justicia. Además, se consagro a la búsqueda de la felicidad: al igual que Bentham, creía que los caminos hacia ella eran las leyes y la educación.

Entonces, Mil ensalzaba —como su padre— el racionalismo, el método empírico, la democracia, la igualdad y rechazaba —como los utilitaristas— la religión y la creencia de verdades indemostrables: todas ellas conducían al abandono de la razón, a la intolerancia, a la injusticia, al despotismo o a la miseria. Mill diferencio al ser humano de los animales por su capacidad de elección, por ser buscador de fines y no únicamente de medios. Estos fines cada quien debe seguirlos a su manera: en palabras de Berlin:

“Cuanto más amplio sea el campo de intersección entre los individuos, tanto mayores serán las oportunidades de cosas nuevas e inesperadas; cuanto más numerosas sean las posibilidades de alterar su propio carácter hacia una dirección nueva e inexplorada, tanto mayor será el número de caminos que se abrirán ante cada individuo y tanto más amplia será su libertad de acción y de pensamiento.”

Para Mill la libertad es un ideal. Los fines que defendía eran la extensión de la libertad individual; en especial, la libertad de expresión. No es el utilitarismo —como siempre se ha dicho — lo que el buscaba, al menos, no primordialmente. Todas sus ideas van en defensa de los derechos humanos, la libertad y la tolerancia. Así, la libertad es un medio y no un fin. En Mill, el fin último es complejo e indefinido: abarca muchos fines, todos los que los hombres persiguen para su satisfacción. El primer principio es la utilidad.

Cuando los hombres restringen las libertades de otros individuos lo hacen por tres razones: 1) porque desean imponer su poder sobre los demás, 2) porque buscan conformidad, 3) porque creen que solo existe una forma verdadera de vivir. Sin embargo, Mill decía que si los verdaderos fines en la vida podrían ser descubiertos, quienes se oponen a ellas están difundiendo falsedades. Los hombres no son infalibles pero al fin y al cabo necesitan vivir; tomar decisiones y actuar. ¿Cómo podría surgir la verdad si no es por discusión? Sin embargo, no hay verdad absoluta, solo diferentes caminos hacia ella. De esta manera, tanto individuos como naciones o civilizaciones enteras pueden tomar su propio camino —no precisanente en armonía con las de los demás—.

Mill rechaza la tradición aristotélica en la que se cree que existe una sola e inmutable naturaleza humana susceptible de ser descubierta. El hombre se guía por su espontaneidad, modela su propio carácter y tiene libertad de elección; si se hablara de una naturaleza seria la novedad. Además, si los actos individuales no perjudican a otros, el hombre no debe rendir cuentas a la sociedad de lo que elige parta sí. Nadie puede ser obligado a actuar en función de la los que creen que conocen la forma más acertada o justa.

Por otro lado, aunque Mill crea que la democracia era la forma de gobierno mas justa opinaba que también era la más opresiva, potencialmente. La centralización de la autoridad y la inevitable dependencia de uno respecto a todos podría acabar por reducir todo a una sumisa uniformidad de pensamiento, relaciones y acciones que terminarían produciendo autómatas en forma humana: un liberticidio. Si bien, esta condición no limitaría la existencia, sí sería un obstáculo para ella. Sin embargo, solo en la democracia pueden educarse individuos independientes, resistentes y fuertes. Richard Livingstone criticó a Mill por atribuir demasiada racionalidad al ser humano; lo que Mil propuso, según Livingstone, solo era posible para aquellos que habían alcanzado la madurez. La mala educación solo podía ser seguida del caos.

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