Identidad Cultural Mexicana – En colaboración con Arturo Cervantes

INTRODUCCIÓN

La vida social se caracteriza por ser un proceso en permanente devenir, por insertarse dentro de un contexto histórico y material que condiciona las posibilidades de su manifestación. Esto nos permite entender que cada institución social -ya sea la política, la economía, la ciencia, la ley o la familia, etc.- se encuentra atravesada por relaciones de tipo histórico que permiten que estas se produzcan de determinada manera.

Como cualquier institución, la familia y el matrimonio son fenómenos sociales históricos que cambian de manera constante. El fenómeno que trataremos en este texto tiene que ver con los modos de convivencia y los vínculos interpersonales que se han presentado en México a lo largo de su conformación. Nuestro interés se centrará en ver como han cambiado estos modos de relación en diferentes momentos históricos por los que ha atravesado el país.  

Nuestro objetivo será reflexionar sobre condición subjetiva de la población mexicana, así como de los elementos que la han constituido y transformando; en contraste de la idea de Identidad mexicana. Primero se definirán algunos de los conceptos básicos para entender ideas concernientes a la identidad y su relación con el sentimiento nacional, y veremos por qué nos alejamos de esta postura. Después se abordará el caso mexicano con la pretensión de abarcar de manera general las nociones culturales,  históricas, sociológicas, económicas y psicológicas que se han presentado en la conformación de el proyecto mexicano. Para finalizar se estudiará el impacto que tiene el impulso del proyecto neoliberal de finales del siglo XX sobre la subjetividad y los modos de relación de la población mexicana.

El presente planteamiento nos permitirá observar un fenómeno contemporáneo que acontece en una de las instituciones más relevantes de la sociedad; la institución familiar, ese núcleo social en el que las personas tienen a su alcance las primeras pautas que les constituyen como sujetos. 

El carácter inestable y efímero que condiciona a los vínculos de alianza en nuestras sociedades conlleva una serie de derivaciones, como pueden ser de corte económico, familiar, psicológico, etc. Por un lado, la conformación de núcleos familiares y la disolución repentina o retardada de esta, se manifiesta en una experiencia de conflicto y ruptura que formará parte de la subjetividad de los individuos involucrados, cónyuges e hijos, según el caso.

La importancia teórica y práctica que encontramos en esta reflexión se encuentra en la posibilidad de ubicarse y entenderse como sujetos y objetos de deseo y de afectividad, dentro de un mundo que se transforma aceleradamente; e insertos en un ordenamiento particular de la relación social y la convivencia afectiva de nuestras sociedades modernas y tecnologizadas. Se trata de considerar la posibilidad de autoreflexión entorno a nuestros prácticas y decisiones sociales de tipo afectivo, así como del modo de entenderlas y llevarlas a cabo.

El documento esta conformado por tres apartados: identidad cultural  y comunidades imaginadas, la ilusión de la cultura nacional mexicana y, por último, los sujetos en el orden contemporáneo. Primero, se revisarán los conceptos básicos (identidad, cultura, nación y nacionalismo) que permiten entender cabalmente la noción de identidad cultural.  Además, el apartado se complementa con una visión sobre la identidad cultural desde la perspectiva del derecho internacional y constitucional. En seguida, se analizará el caso mexicano en tres momentos: la época virreinal, la nación independiente y el México moderno. En cada periodo se comenzará con un aproximación descriptiva de las condiciones político-administrativas para concluir con una interpretación sobre los aspectos culturales y psicosociales así como la manera en que estas condiciones influyen en la conformación de las identidades de los sujetos y su incidencia en la constitución de los vínculos afectivos y sociales. Finalmente, se concluirá con una breve descripción de las condiciones económicas y sociales actuales para invitar a la reflexión sobre la nueva identidad del mexicano en el siglo XXI.

IDENTIDAD CULTURAL Y COMUNIDADES IMAGINADAS

Identidad y cultura

A raíz de los conflictos políticos entre naciones asiáticas, Benedic Anderson (1993) realiza un estudio en el cual se pregunta por los motivos que llevan a que un individuo se asuma como perteneciente de un grupo mayor y, acorte con esto, permita asimilar a un otro como enemigo y en esa medida, confrontarlo ya sea indirectamente o hasta sus últimas consecuencias. El autor resalta la manera en que los estados modernos dota a los individuos de sentimientos y emociones que permiten mirar a esa nación por encima de las propias individualidades y los deseos personales. 

Para Anderson, una nación consiste en una comunidad política inherentemente limitada y soberana. El punto que aquí interesa resaltar es el carácter imaginado del esta nación. Pues, sobre este apunta que tal es imaginada en tanto que en colectividades mayores a una aldea, es imposible conocer y compaginar con todos sus miembros; incluso se da que ente estos, pueden darse fuertes antagonismos. Sin embargo, los sentimientos que brotan hacia la imagen de la nación se sobreponen por encima de todas estas dificultades.

En una nación como México, tal manera de entender a los estado-nacionales modernos, nos resulta más que pertinente. Pues la amplitud territorial de nuestro país así como la diversidad cultural e histórica constitutiva de este, nos permite poner -conceptualmente- a convivir las distintas y enormes diferencias de las clasificaciones sociales dentro de la composición de la población, las cuales, hemos observado históricamente y en la cotidianidad actual son altamente repelentes.

Es desde esta perspectiva critica que tomaremos la idea de una identidad cultural compartida por los mexicanos y preferiremos comprender la articulación de un modelo particular de constitución subjetiva, que implicaremos del ordenamiento moral de la transición de esta sociedad, es decir, de la relación con el conjunto de prescripciones y prohibiciones que se le han instaurado a los individuos.

Nación

Una nación es la construcción subjetiva que dota de sentido de pertenencia a los integrantes que conforman una sociedad en la que se comparten características de corte ideológico, histórico y cultural. Sin embargo, es preciso delimitar sus particularidades para lograr diferenciar claramente a este concepto entre otras nociones como son la etnia y el estado; asimismo es necesario identificar el origen del término y su evolución histórica.

El concepto de etnia se refiere al grupo de personas establecidas en un territorio determinado, con un lenguaje y una cultura común que le permiten el reconocimiento de las diferencias o similitudes ante otros grupos humanos. (Florescano, 1996) Por su parte, el estado, a partir de la definición de Omar Guerrero, es el que:

“…nace para atenuar los conflictos de clases y mantener unida la sociedad. Esto quiere decir que el Estado, como atenuador del antagonismo social y unificador del conjunto social, es algo externo y diferente a la sociedad ya que existe en la medida en que existen esos problemas, sin solución en el seno de la sociedad. Por tanto, puede afirmarse, con Marx, que el Estado es, desde el punto de vista político, la organización de la sociedad; esto es, que el Estado es, desde su punto de vista, la organización de una sociedad incapaz de ordenarse por si misma, incapaz de superar sus divisiones y conflictos. El Estado es, entonces, la organización política autónoma y autocéfala de una sociedad heterónoma y heterocéfala.”(Guerrero, 1980) 

Luis Villoro, en su libro Estado Plural: pluralidad de culturas, hace un repaso histórico sobre la evolución del concepto del estado y su vinculación con el concepto de nación. Primero analiza como es que ante la necesidad de las sociedades de contar un sistema permanente de autoridad se debió establecer una estructura que fuera capaz de garantizar el orden y la defensa del exterior: el estado. Sin embrago, los primeros estados no correspondían a sus respectivas naciones; mientras que dentro de los pequeños estados ya se habían desarrollado ciertas formas de organización política aún no existía una estructura nacional política que las unificara. Posteriormente, a pesar de que la figura imperial logró la unificación mediante el dominio y sometimiento jurídico-administrativo(como en el Imperio Romano); esto no implico que se logrará una síntesis en los aspectos culturales. En la edad media, los individuos tenían referencia a dos entidades colectivas yuxtapuestas: por un lado, se pertenecía a la nación; por el otro, prevalecía el sentido de pertenencia a la comunidad cristiana universal. Aún no había cabida para el Estado nacional. Sería hasta Bodín y Hobbes que la separación entre el estado y el cristianismo encontraría sus fundamentos y no sería hasta la revolución francesa que el Estado-Nación lograría su verdadera consolidación: la soberanía no se adjudicaría ya una persona o grupo sino a la totalidad de los ciudadanos que la componen. La nación debía forjarse y el Estado sería el garante de su construcción. (Villoro, 1998)

Para Luis Villoro, las naciones deben poseer cuatro condiciones necesarias para su lograr su formación: una cultura común, conciencia de pertenencia, un proyecto y un territorio. La nación comparte una manera de ver, sentir y actuar en el mundo igual que comparte creencias valorativas sobre los fines superiores que le dan sentido a la vida.(Ibídem) Por lo tanto, el término de nación posee un aspecto subjetivo mediante el cual se conforma el sujeto colectivo. La nación es continuidad en tiempo y espacio. Por otro lado, Villoro clasifica a las naciones en dos tipos: las naciones históricas y las naciones proyectadas. En las naciones históricas el sentido de identidad cultural está fuertemente vinculado al origen y continuidad de las mismas: “la nación deriva de un pasado; herencia es destino.”(Villoro, 1998) En cambio, en las naciones proyectadas la identidad cultural no se hereda, se construye. 

Nacionalismo

Para Ernest Renan(1882) el rasgo característico de una nación es el anonimato de sus miembros; los individuos se conciben como parte de la colectividad y son incapaces de reconocer su individualidad así como su pertenencia a otros sub-grupos dentro de la totalidad. Es la voluntad humana la que permite e incentiva la formación de la nación. De esta manera, como dice Gellner, el nacionalismo engendra naciones, y no a la inversa. La definición en palabras del propio Ernest Gellner (1987) es: 

El nacionalismo es esencialmente la imposición general de una cultura desarrollada a una sociedad en que hasta entonces la mayoría, y en algunos casos la totalidad de la población, se había regido por comunidades primarias. Esto implica la difusión generalizada de un idioma mediatizado por la escuela y supervisando académicamente, codificado según las experiencias de una comunidad burocrática y tecnológica módicamente precisa. Supone el establecimiento de una sociedad anónima e impersonal, con individuos atomizados intercambiables que mantiene unidos por encima de todo una cultura común del tipo descrito, en lugar de una estructura compleja de grupos locales previa, sustentada por culturas populares que reducen local e idiosincrásicamente  los propios microgrupos.

Otro punto que aclarar al respecto es el carácter ideológico del concepto. El nacionalismo es una ideología que estuvo en apogeo en los siglos XIX y XX y que se caracterizo a partir de tres preposiciones fundamentales (Villoro, 1998). Primero, se debe buscar congruencia entre la unidad nacional y la unidad política, a toda nación corresponde un estado y viceversa. Segundo, el Estado-Nación es soberano. Y, por último, el Estado nación es una unidad colectiva que realiza valores superiores comunes a todos sus miembros. Una nueva cultura es la única capaz de expresar, y al mismo tiempo crear, la identidad de la nueva nación.

Una perspectiva legal

El derecho a la identidad es inherente a todo ser humano, todas las personas, al nacer, tienen el derecho inalienable de contar con atributos; como son: nombre, apellidos, nacionalidad, etc. Así como las condiciones culturales suficientes para poder lograr la individualización de dicho sujeto del derecho y así poder garantizar las condiciones de igualdad y dignidad humana. El derecho a la identidad cultural se encuentra consagrado en el artículo 4, párrafo doceavo, de la Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos:

Toda persona tiene derecho al acceso a la cultura y al disfrute de los bienes y servicios que presta el Estado en la materia, así como el ejercicio de sus derechos culturales. El Estado promoverá los medios para la difusión y desarrollo de la cultura, atendiendo a la diversidad cultural en todas sus manifestaciones y expresiones con pleno respeto a la libertad creativa. La ley establecerá los mecanismos para el acceso y participación a cualquier manifestación cultural.

Este tipo de derecho es relativo a cuestiones como la lengua, patrimonio cultural, producción cultural y artística. Son promovidos para asegurar el acceso y la participación de las personas que conforman nuestra sociedad. Los derechos culturales han sido reconocidos en diversos instrumentos internacionales de Derechos Humanos, los cuales han sido concebidos universalmente como que “toda persona tiene derecho a participar en la vida cultural de la comunidad, gozar de las artes y disfrutar de los beneficios que resulten de los progresos intelectuales y principalmente de los descubrimientos científicos”.

En el plano internacional, la identidad cultural puede asimilarse como el derecho de un Estado, pueblo o grupo minoritario a mantener los rasgos que los singularizan y determinan su vida cultural. Algunos textos de los instrumentos internacionales abordan este concepto:

  • En el PACTO INTERNACIONAL DE DERECHOS CIVILES Y POLÍTICOS se establece que en las minorías étnicas, religiosas y lingüísticas pertenecientes a un Estado tendrán derecho a tener su propia vida cultural, religión e idioma.
  • En la DECLARACIÓN SOBRE LA RAZA Y LOS PREJUICIOS RACIALES se establece que la cultura es obra de todos los seres humanos y es considerada patrimonio común de la humanidad, también se reconoce el derecho a la identidad cultural y al desarrollo de esta.
  • En la CONVENCIÓN INTERNACIONAL SOBRE LA ELIMINACIÓN DE TODAS LAS FORMAS DE DISCRIMINACION RACIAL se prohíbe y define la discriminación racial como “toda distinción, exclusión, restricción o preferencia basada en motivos de raza, color, linaje, origen nacional o étnico”.
  • En la DECLARACIÓN DE LOS PRINCIPIOS DE LA COOPERACIÓN CULTURAL INTERNACIONAL asegura que toda cultura tiene un valor y una dignidad que debe ser respetada y protegida.

Como se puede observar el Derecho Internacional de los Derechos Humanos, obliga a los Estados a garantizar una obligación recíproca de respeto a los valores, tradiciones y costumbres que conformen su cultura, así mismo compromete a las naciones a tomar las medidas necesarias para garantizar un trato igual dentro de su territorio.LA ILUSION DE LA IDENTIDAD CULTURAL MEXICANA

ORDEN COLONIAL (S. XVI – XVIII)

Aspectos político-sociales: la crisis virreinal y movimiento independentista.

El modelo administrativo en la última etapa del virreinato eran las llamadas Reformas Borbónicas; estas tenían el objetivo de centralizar y volver más eficiente la administración en las colonias españolas. La estructura administrativa era encabezada por el Rey, le seguían los Ministros y, al frente de las colonias más importantes, un Virrey. Las funciones básicas del Virrey eran denominadas ”cuatro causas”: el gobierno u orden interno, la defensa, el cobro de tributo y el ejercicio del Patronato Eclesiástico en nombre del Rey. El virrey contaba con el apoyo de la “Secretaría Virreinal Permanente” o “Secretaria de Cámara del Virreinato”. Ambos controlaban los monopolios o estancos gubernamentales, las actividades productivas y comerciales, supervisaban la gestión del nuevo sistema de “Intendencias” así como a los órganos descentralizados.

En 1808, tras presiones del Emperador francés, el Rey Carlos IV se ve obligado a abdicar la corona a favor que su hijo Fernando VII; este, a su vez, terminó por abdicar a favor de Napoleón Bonaparte y el Imperio Francés. El pueblo peninsular respondió con una sublevación civil que luchaba por su rey, su libertad y su religión. Las batallas también se libraban también en el ámbito político: las instituciones de la monarquía española quedaron acéfalas por lo que se formaron Juntas “Soberanas y Gubernativas” para suplir el vacío político. Las Cortes de Cádiz comenzaron sesiones el 24 de septiembre de 1810 con 104 diputados de los cuales 7 eran novohispanos los cuales planteaban la unión a la monarquía pero con autonomía administrativa, igualdad en la representación, instauración de medidas anti-coloniales, libertad económica y comercial, etc. El aporte novohispano a la redacción de la Constitución de 1812 fue trascendental y en Nueva España los efectos de la nueva constitución no se hicieron esperar: el virrey perdía su poder hegemónico ante la nueva realidad política y administrativa. Estos cambios serían el preámbulo para la independencia y el federalismo mexicano. En España, Fernando VII retomaría el trono y restauraría el sistema absolutista; ganaría la partida al liberalismo pero aún estaba pendiente la crisis de la hacienda y la toma de los territorios americanos por los insurgentes.

Si bien, la invasión francesa a la península despertó en todos los territorios españoles cierto sentimiento de unión, fue inevitable que un sector importante en Nueva España y las colonias se manifestara a favor de un movimiento que se movía en el sentido contrario. Criollos y peninsulares lucharían por obtener el poder. Desde 1808, un puñado de conspiraciones serían fuertemente sometidas. No sería  hasta 1811 que, tras ser descubiertos, el Cura Hidalgo no tuvo más opción que convocar al pueblo a levantarse en armas en favor de su religión y su rey. Sin anticiparlo, el movimiento se convertiría en una revuelta civil sin control.

La insurgencia y su radicalismo inviable, un gobierno absolutista nuevamente consolidado y una sociedad agotada de lucha facilitó un periodo de relativa paz pero plagado de inquietud. En este contexto, el mismo virrey firmaría, en 1820, la sentencia de independencia al proclamar juramento a una constitución, la Constitución de 1812, que no obtenía la adhesión general de todos los grupos que integraban la sociedad novohispana. Para ese año, los únicos reductos insurgentes que quedaban eran los dirigidos por Vicente Guerrero en la Sierra del Sur que, al año siguiente, entablarían relaciones con Iturbide y comenzarían las negociaciones dirigidas a consumar la Independencia conforme al Plan de Iguala. El Plan destaca por su simpleza y efectividad: un imperio basado en la Religión, la Independencia y la Unión dentro de un orden constitucional y un gobierno monárquico. Juan O’Donoju tomaría el puesto de jefe político superior y, el 24 de agosto de 1821, firmaría los tratados de Córdova en los que reconocía la independencia del naciente “Imperio Mexicano”.

Aspectos culturales y psicosociales.

En este apartado trataremos cómo fue que se conformó el espacio doméstico, el espacio del hogar, y la institución familiar, que consideramos como el espacio primario de toda relación social y de la producción de las identidades de los individuos. Nos centramos en tratar cómo se problematizó el tema de la familia y su relación con el hogar desde el virreinato y veremos cómo estas dos entidades se logran superponer una en la otra, además de las pautas de relación que les fueron asignadas. Veremos qué y cómo se establecieron ciertos patrones de comportamiento familiar y los tipos de valores morales que atendieron. Así mismo, podremos ver como dentro de esta institución se empieza a formar un modelo de mentalidad para la sociedad mexicana. 

Lo anterior, con la intención de, partiendo de la premisa constructivista de que el poder de la norma social se realiza tanto en el cuerpo como en la vida psíquica de los individuos; señalar los parámetros normativos y morales en los que históricamente se insertan los sujetos mexicanos y se construye su subjetividad. 

El orden social que se implantó para regular la cotidianidad de las relaciones sociales entre sujetos novohispanos en la esfera familiar, se encontraba en estrecha relación con la reglamentación de la sexualidad. Este consistió en un modelo único de familia organizado por presupuestos teórico-religiosos y que la institución jurídica se encargaría de tutelar. En este caso, la relación entre hogar y familia conforma una entidad social integrada por sujetos definidos en relación con el lugar que toman respecto a los otros, lo cual, les asigna una manera particular de comprenderse y conducirse, ya sea contractualmente o por costumbre. 

Esta nueva normatividad organizaría la dimensión subjetiva de la población, de modo que el cambio de código moral del mundo prehispánico al colonial produciría nuevos tipos de mentalidades. El modo de concebir y relacionarse con los otros, además de consigo mismos, se transformaría de manera estrepitosa. Las nociones estéticas y morales para entenderse llevarían a una manera particular de conducirse con los otros y consigo mismo.

A finales del siglo XVI, durante el transcurso del primer siglo de asentamiento colonial europeo en la Nueva España, se instauraron las pautas morales que ordenarían la esfera familiar de la mano del ejercicio de la sexualidad. Tribunales de corte eclesiástico y civil demarcaron las normas y, de este modo, se orientó el comportamiento de la sociedad novohispana. Estado e iglesia velaron por organizar un modelo de vida social en búsqueda del “bien común” (Lavrin, 2005: 490).    

Para Pilar Gonzalbo (2016), en la sociedad novohispana, el lugar que ocupan las mujeres de acuerdo a la identidad, los espacios y los grupos sociales que le son asignados; se comprende de mejor manera si se mira su imagen al interior de la institución familiar. 

Encontramos que a las mujeres, desde niñas se les educaba de tal manera que se les enseñaba la idea de que cuando crecieran tendrían que tener un marido, “la búsqueda del amparo masculino, ‘sombra’ de un varón con la protección derivada de la autoridad indiscutida de los hombres, influía en las expectativas de las doncellas que pensaban en el matrimonio como medio de resolver su vida. [Para] los parientes, una joven soltera era alguien deficiente por quien había que preocuparse [de esta manera] se consideraba que el matrimonio era la etapa decisiva en la vida de las mujeres” (Ibídem, 149). El cultivo de esta idea respondía a que el sistema social de este periodo disponía al matrimonio como la mejor opción de realizar la vida de las mujeres. El apremio por un marido y la conformación de una familia sería el ideal propuesto por esta sociedad.

En el terreno moral, había diversas disposiciones sociales que promovían a las mujeres hacia el matrimonio. Una de ellas tenía que ver con lo posición en la sociedad que adquirían en relación con el ejercicio de su sexualidad en virtud de si eran casadas o no, pues, esto podía delimitar su condición de honor o de deshonra.  El honor fue un elemento de considerable importancia que identificaba a las personas en términos virtuosos. Este atendía a “un conjunto de valores morales demostrados en el comportamiento personal y aceptados como raseros para juzgar a los miembros de la sociedad” (Lavrin, 2005: 500) tanto por la comunidad como por la instancia legal.  

Por ejemplo, la legislación que atendía los delitos sexuales como el estupro y la violación, reconocía estos según el tipo de honor que se había transgredido. Los textos jurídicos que reconocían estos delitos, hacen clara distinción entre el tratamiento de mujeres honradas y sin honra. Igualmente, la gravedad del delito era juzgada de acuerdo con el tipo de fama con que era conocida la mujer violentada. En caso de tratarse de una mujer “vil”, es decir, pendenciera, con fama fuera de los parámetros asignados al comportamiento de una mujer;  no habría pena alguna para el agresor (Gonzalbo, 2016). 

Uno de los elementos importantes que sería velado por esta legislación fue el tema de la virginidad. Esta era valorada moral y legalmente de manera que restringía la práctica de la sexualidad de los individuos novohispanos. Puede pensarse a la condición de virginidad como una especie de patrimonio que otorgaba o negaba licencias civiles de acuerdo con lo prescrito por la ley y por la moral en turno. Las mujeres que perdían esta condición, perdían también la virtud de la honradez si se trataba de un acto realizado fuera del vinculo matrimonial. En tal caso, solo podía recuperar la honradez por medio de este contrato, y si no fuera así, la mujer en tal condición quedaría como una persona desvalorizada que había perdido la cualidad que le permitía ser reconocida como decente. Tal pertenencia se volvía un bien de intercambio de carácter  moral, legal; incluso, monetario, pues había hombres que ofrecían un regalo económico a su pretendiente por haber mantenido tal castidad y limpieza (Lavrin, 2005). 

Como hemos podido observar, el honor era un principio que otorgaba reconocimiento o rechazo social, según se le poseyera o no. Corromper el honor equivalía a salir del lugar aceptado por las demarcaciones morales de la sociedad colonial y en muchos casos podía tener repercusiones legales. En el caso de las mujeres, la condición de honor estaba condicionada primordialmente por el estado de pureza que concedía el mantener la virginidad. Esta conceptualización que comprendía a la virginidad, reglamentaba el ejercicio de su sexualidad, su relación con los otros, y derivado de esto, el uso y ocupación de los espacios sociales. 

Para una mujer, perder el honor que la virginidad le consentía, era igual a perder un valor esencial de su persona que le otorgaba el reconocimiento social de la comunidad y el reconocimiento de derechos civiles. Tal reconocimiento, hemos mencionado, solo podía mantenerse si la calidad de doncellez se perdía en el matrimonio o si esta lo derivaba. De tal manera que la regulación de la sexualidad como práctica únicamente dentro del matrimonio católico, consentía la exclusión y rechazo de aquellos que pecaban la norma. El deshonor que producía este quebrantamiento, recaía principalmente sobre los varones, por no haber velado por la castidad de las mujeres de su familia. Así, el uso de los espacios era dispuesto de manera distinta para cada identidad genérica.

Otra pauta de regulación de la sexualidad que se tenía durante los dos primeros siglos de la colonia española era la que concebía a la promesa de matrimonio, ya sea formal o de palabra, como suficiente para mantener el honor de una doncella que había accedido a encontrarse de manera íntima con su pretendiente. La regulación legal de esta norma velaba por la protección de la virginidad de las doncellas, pues se encargaba de “[poner] dentro de la cárcel el esposo que se resiste [a casarse] aunque sea el hombre más decente y noble que puede imaginarse, [pues] si no se castigarán estas maldades se dejaría la puerta abierta a los malvados para que anduviesen desflorando doncellas” (Gonzalbo, 2016: 165-166). En esta situación, había dos posibilidades para aquellos hombres que resultaran acusados: el altar o la cárcel. La regulación del ejercicio de la sexualidad, vemos entonces, estaba trazada en relación con la concepción de la virginidad y esto tutelado por las autoridades de la sociedad. 

Es así que, el valor asociado a la virginidad de las mujeres permitía a estas demandar por vía legal a los hombres en los casos que lo requirieran. Se llevaban a cabo juicios con tal de coaccionar a que el perpetrador resarciera la virtud de la mujer por medio del casamiento. Lo que hacía que se pudieran resolver las demandas por esta vía, y en tal caso, reparar el honor de la mujer, dependía principalmente de que “resultase creíble la declaración de que había perdido su virginidad inducida por la palabra del matrimonio” (Ibídem, 163). De no resultar creíble su honradez se pondría en duda y su lugar ante la sociedad sería repudiado. 

Un valor que organizaba a la sociedad novohispana al interior de las familias era la autoridad que tenía el padre sobre el conjunto familiar (Lavrin, 2005: 500). De esta manera, el padre sería el principal delegado para mantener su honor y autoridad.  Estas prácticas comenzaron a realizarse entre españoles. En casos donde los involucrados fueran mestizos o castas las consecuencias eran menores. De la misma manera, el derecho canónico establecía que los jóvenes de “buena familia” no estaban obligados a cumplir con su palabra de matrimonio con una mujer con quien se hubiera comprometido si ésta era de condición baja, no importando la haya desvirgado o no (Gonzalbo, 2016: 163).

Otra prescripción que regularizaba a los hombres y a las mujeres a contraer matrimonio, fue la condición de legitimidad que podían adquirir los hijos. Aquellas personas nacidas fuera del contrato matrimonial eran considerados ilegitimas y les eran negados diferentes derechos como tal como el de herencia. Las consecuencias que esto tenía dependía, igualmente, del lugar que ocupara tal persona dentro de la jerarquía de la sociedad colonial. De acuerdo con Pilar Gonzalbo:

Los hijos que resultaban de una violación o de una relación de amancebamiento, como lo adulterinos y sacrílegos [es decir, de encuentros sexuales fuera del contrato matrimonial] que no podían ser reconocidos por sus padres, debían llevar toda la vida la mancha de la ilegitimidad, que si bien no afectaba a quienes se ocupaban en oficios artesanales y no tenían aspiraciones de ascenso social, podría resultar un impedimento para los aspirantes a ingresar en la vida religiosa, obtener grados universitarios o desempeñar cargos administrativos (Ibídem, 181).

En caso de que se advirtiera conducta irregular en las mujeres, se les vigilaba y, si fuere el caso se les encerraba. Esto era más estricto cuando se trataba de mujeres españolas, pues eran ellas de quienes se esperaba un comportamiento ejemplar (Ibídem, 285).

Como se puede apreciar, el ordenamiento de práctica sexual implantado en la Nueva España, entendido dentro de los confines del matrimonio y con fines de procreación, despreciaba la búsqueda erótica y de los placeres, de modo que cualquier práctica de tipo sexual que no se sometiera a esta norma era condenada, tal como el adulterio, el incesto, la sodomía, la bestialidad, la homosexualidad, el autoerotismo, la bigamia y poligamia, etc.  

La reglamentación de estos valores morales de la conducta sexual, se aprendían por medio del concepto de pecado y de las leyes de dios, como se puede ver en el mandato seis sobre la prohibición de la fornicación. En todos los casos, la sexualidad es concebida como un acto negativo que corrompe la integridad física y espiritual de las personas. Como un acto producto de la lujuria considerada uno de los males de los pecados capitales, a los cuales todo ser humano puede estar inclinado a incurrir. 

En su estudio sobre la conformación de la experiencia de la sexualidad en las sociedades occidentales, Michel Foucault (2014) señala que la problematización moral de la sexualidad por parte del cristianismo marcó una ruptura en la manera de entenderla en comparación con la de la Antigüedad griega. Menciona que entre estos dos sistemas sociales existe una continuación de los pautas regulativas, no obstante, la lógica que atiende cada una se centra en puntos distintos. 

Este autor menciona que para el cristianismo, la moral sexual se problematizó sobre cuatro ejes rectores (Ibídem, 19-27). El primero tiene que ver con la asociación del acto sexual con algo negativo, es decir, con “el mal, el pecado, la caída o la muerte”. Estos males, se manifestarán en los discursos de la medicina y la pedagogía del siglo XVIII a propósito del autoerotismo. Posteriormente, esta idea se constituirá en el planteamiento “esencialista” que la medicina y la ciencia sostuvieron. 

El segundo se refiere al sujeto legítimo de la sexualidad. Sobre este apunta que consiste en aquel que realiza dicha práctica bajo el matrimonio monógamo y con intenciones meramente de procreación. Sobre este punto anota que Aristóteles había ya considerado como “acto deshonroso” la infidelidad entre cónyuges. En el siglo XVI, Francisco de Sales, santificado por la iglesia católica, defendía la misma idea y promovía el modelo de comportamiento “adecuado” haciendo alusión a la figura del elefante, del que decía que:

(…) Nunca cambia de hembra y ama tiernamente a la que escoge, con la que con todo sólo se aparea cada tres años y esto únicamente durante cinco días y con tanto secreto que nunca se le ve durante el acto; pero sin embargo sí se le ve al sexto día, en el que, antes que nada, se dirige al río en el que se lava todo el cuerpo, sin querer de ninguna manera regresar a la manada hasta no estar purificado. ¿No son estos bellos y hermosos humores? (Citado en Foucault, 2014: 22)

El siguiente eje se trata de la descalificación de las relaciones entre personas del mismo sexo, pues, este autor nos señala, se (repugnaba) aquello que salía de los parámetros de la virilidad. El último principio se trata sobre la significación moral y espiritual con la que se dota a la actitud de abstinencia, de castidad, así como a la condición de virginidad. Este principio se consideró como señal de virtud, además de requisito que posibilitaba el encuentro con la espiritualidad, el amor y la verdad. 

En este esquema, el cuerpo femenino se pensó como más propenso a la seducción y a ser depositario del pecado que eliminaba toda cualidad de virtud (García, 2015: 17). Se concibió que la mujer “debía ser pura en sus pensamientos y en su vida sexual [la cual tenía que ser] experimentada como un deber conyugal” (Esteinou, 2008: 148). 

El paradigma de la feminidad, cernido en el hogar, el cuidado de la familia y la castidad se apoyaba en construcciones conceptuales y edificios físicos instituidos, en los que las mujeres eran alojadas y apartadas del desempeño social público; del mundo y sus tentaciones, que podían conducir al comportamiento deshonrado. Otra de estas instituciones fue el depósito, al cual se podía recurrir en diversas situaciones. Pilar Gonzalbo (2016) señala que este tuvo distintas funciones en la sociedad novohispana. En principio se encargó de proteger a las doncellas que rechazaban los matrimonios convenidos por sus familias, posteriormente, acogió también a mujeres en proceso de divorcio. Y luego, se extendió a apartar a mujeres, ya sea doncellas, esposas o viudas, que pudieran ser deseables para los hombres que les circundaban. “Hubo maridos que solicitaron la reclusión de sus esposas mientras ellos viajaban para resolver sus negocios, y mujeres celosas de los atractivos de alguna vecina cuyo encierro recomendaban como remedio para evitar que llegase a ser demasiado atractiva para sus cónyuges” (310).  

Este modelo funcionó como guía del comportamiento ideal instaurado por la corona y la iglesia española. Para el siglo XVIII, a pesar de la noción de la institución matrimonial como la de un vínculo afectivo constituido en sintonía con el amor romántico; la manera de vivirlo por hombres y por mujeres se apartaban una de la otra. En lo social y en lo práctico, hubo toma de libertades en grado distinto por hombres y por mujeres. A pesar de que la reglamentación de la iglesia no consideraba tales diferencias. Del hombre, aunque se esperaba que respetara el contrato matrimonial, su lugar en la organización social permitía una sociabilidad y transito por los diferentes espacios sociales más flexible que daba pie a un comportamiento fuera de las normas establecidas, pero que eran, de cualquier manera, toleradas por una doble moral del género (Esteinou, 2008: 126). 

Podemos ver cómo la rigurosidad de las normas estaba acotada de acuerdo a la clase social de los individuo. Mientras más cerca de la cumbre en la jerarquía social se estaba, mayor la rigidez y vigilancia del comportamiento. Vemos como dispositivos de poder distintos se entrecruzan para configurar las experiencias específicas de los individuos. El dispositivo de género se cruza con el de clase y estos, a su vez, con el de castas, etc. 

MÉXICO INDEPENDIENTE

Aspectos político-administrativos: consumación de independencia y consolidación de la República.

El 28 de septiembre de 1821 se firmó la segunda y definitiva Acta de Independencia de México. Iturbide buscó mantener el sistema corporativo sobre una endeble maraña de alianzas pero fracasó por la desunión, la ambición, la incapacidad e ignorancia para gobernar, la bancarrota y las múltiples deficiencias heredadas de la antigua colonia. Todo esto provocó una enorme división entre provinciales y federalistas. Con el Plan de Veracruz, el 2 de diciembre de 1822, Santa Anna desconocía al emperador y para 1823, después del Plan de Casa Mata, el emperador  dejaría su cargo y se formaría un nuevo Congreso. Las fuerzas políticas se alinearon a la única realidad posible: la República. Pero el dilema a penas comenzaba: ¿Qué forma tomaría? ¿Central o Federal? El resultado: una República representativa y federal. España aún no reconocía la Independencia y la reconquista era un peligro latente. Los Estados Unidos Mexicanos se constituyen formalmente el 4 de octubre de 1824 dividido en 19 estados, 5 territorios y un Distrito Federal. Los primeros años se vieron marcados por la inestabilidad política, la crisis fiscal y una prueba no superada: la sucesión pacífica del poder. Para entonces, las corporaciones más importantes del país eran el ejército y la iglesia.

La inestabilidad política al interior obstruyó el diseño de una política exterior basada en el interés nacional. Las relaciones diplomáticas con la Santa Sede pudieron normalizarse hasta 1831 y sería hasta 1836 que las cortes españolas reconocerían la soberanía de las nuevas repúblicas. Para la década de 1840 las relaciones con Francia, Estados Unidos y Gran Bretaña pendían de un hilo. Tras una guerra contra los Estados Unidos en 1846 y tras la firma del Tratado de Guadalupe en 1848; México perdería la mitad de su territorio. El orgullo nacional estaba aniquilado pero los acontecimientos despertarían la semilla de la conciencia de la identidad nacional. En 1953, Mexico se vio obligado a vender La Mesilla y para 1854 se pronunciaría el Plan de Ayutla con el que la ultima dictadura de Santa Anna llegaría a su fin. Parecía que la oportunidad perfecta para la facción liberal había llegado, la igualdad ante la ley sería el principio que transformaría la nación.

México se organizaba políticamente para encaminarse a la modernidad pero la población era muy heterogénea y se veían fuertes contrastes entre ricos y pobres, la mayoría se concentraba en el centro y las ciudades. …..la constitución de 1857, los debates estuvieron en torno a la libertad de culto, la relación con la iglesia y el equilibrio entre legislativo y ejecutivo. La Guerra de Reforma confrontó a los poderes eclesiástico y civil.

Tras la victoria de los liberales, Benito Juárez ascendió a la presidencia pero se enfrentó a la bancarrota de la hacienda pública y a un contexto de creciente hostilidad. Juárez declaró en moratoria de pago la deuda externa con Inglaterra, Francia y España, pero las potencias decidieron intervenir militarmente: Inglaterra, deseaba cobrar la deuda; España además se jugaban su prestigio como la antigua “dueña” de América y Francia pretendía establecer una monarquía liderada por Maximiliano de Habsburgo. De inmediato Juárez y las potencias negociaron los tratados de La Soledad para conciliar, con lo que Inglaterra y España se repliegan. Francia desenmascara sus intenciones y comienza la invasión. El triunfo en la batalla de Puebla retrasó a los franceses pero al final los liberales les dieron entrada  a la capital; y se instaura la monarquía “moderada”. Maximiliano, intentó eliminar dos “problemas”: las comunidades indígenas y la religión. Las fuerzas republicanas se mantuvieron siempre activas y Juárez encarnaba aún la legalidad, por lo que promulgó una prórroga a su mandato. Maximiliano se puso al frente del ejército imperial y tras su fusilamiento; México pudo llamarse una “nación”. 

La grandeza de Juárez radica en el magistral manejo del poder político y la comprensión de la posición internacional de México a su llegada a la presidencia. Hasta la primera mitad del siglo XIX, el país permanecía débil y dividido. Sin embargo, Juárez, siguiendo la tradición constitucional estadounidense, pretendía transformar a México en un Estado Decimonónico, secular, con educación laica y una constitución eficaz. Sin menospreciar la Guerra Civil y el enfrentamiento con  el bando conservador, el grupo liberalista enfrentaría sus mayores retos en su propio seno, las facciones liberales comenzaban a pronunciarse. Desde la Rebelión de la Noria hasta la Rebelión de Tuxtepec, desde la guerra civil hasta la invasión francesa, desde los conservadores hasta el Segundo Imperio; Juárez demostró ser un estadista hábil, conocedor de las leyes y, sobre todo, demostró estar a la altura de cualquiera de los retos que le pusieran enfrente.

Durante más de 30 años, Díaz se mantuvo en la presidencia gracias a su habilidad para negociar y garantizar equilibrios políticos. Díaz se encargo de limpiar la imagen de México ante el mundo a través de la estabilidad política y la reestructuración de las finanzas públicas; se recuperaba la confianza en el país, los préstamos y la inversión hicieron posible una etapa de desarrollo en materia estructural. La administración porfiriana fue escenario de grandes transformaciones económicas y sociales: surgió la clase media, se fomentó el comercio interno y de desarrollaron magnas obras de infraestructura como el ferrocarril. La minería y el sector petrolero también mostraron avances considerables. Los cambios en la estructura económica vendrían acompañados de grandes cambios en la composición de la sociedad que posteriormente resultaría en la lucha revolucionaria. 

Las reformas liberales implicaron modificaciones importantes en la administración de la propiedad y el uso de espacios colectivos. El crecimiento de los asentamientos urbanos también exigía un aumento en la oferta de productos y servicios; sin embargo, este crecimiento estuvo acompañado de muestras de descontento (huelgas, mítines, saqueos) provocadas por las enormes disparidades en las condiciones laborales y de vida en las diferentes regiones. Con la llegada del nuevo siglo, también arribó la incertidumbre respecto a la sucesión: los revistas y los científicos buscaban la silla presidencial. Inclinar la balanza en favor del poder y la riqueza, con menos cabo de la libertad y los intereses sociales le costaría la continuidad al régimen exclusivista, autoritario y personalista como el Porfiriano con la insurrección de 1910.

Aspectos culturales y psicosociales.

El florecimiento del matrimonio y la familia,  se consolidó fuertemente en el siglo XIX y dio pie a que se concibieran a estas instituciones en el hogar entendido como un espacio que se figuraría como refugio de la corrupción y violencia del comercio y la competencia del mundo externo; el espacio donde los cónyuges se apoyaban y consolaban mutuamente. Pronto, se conformaría la familia a modo de un espacio en donde se “desarrollaría la domesticidad, la intimidad, el amor romántico, el cultivo de la niñez y el sentimiento de que esta sería el núcleo social que llevaría a la futura felicidad fundada en un afecto consolidado” (Esteinou, 2008: 147). 

El grupo familiar y su dinámica varió durante el transcurso de la sociedad novohispana. Con el apoyo de la normalización católica, así como de la promesa de matrimonio ya mencionada como mecanismo de legitimación de las relaciones maritales; la familia se iría constituyendo bajo el modelo de familia nuclear restringida centrada en la unidad conyugal.      

DE LA IGLESIA AL ESTADO

Proyecto liberal del siglo XIX.

La noción del estado homogéneo e individualista prevaleció en México en el siglo XIX y fue el fundamento central del proyecto liberal. Este nuevo estado no diferenciaba rasgos culturales, demográficos o sociales; todos los ciudadanos son iguales ante la ley. En el plano político la apuesta era por la democracia representativa; en el económico por el desarrollo capitalista. El proyecto de nación que se gestaba e impulsaba desde la clase media estaba muy lejos de coincidir con la estructura social heredada del período virreinal. El descontento social no se hizo esperar. El ordenamiento del estado no corresponde a las formas de vida reales ni a su moralidad social afectiva. (Villoro, 1998) Sin embargo, el proyecto liberal fue posible gracias a la capacidad de Porfirio Díaz de general equilibrios y acuerdos políticos entre todos los grupos de la sociedad mexicana. Durante el porfiriato convivieron diversas corrientes ideológicas que moldearon la forma de entender la política, la sociedad y la cultura: el liberalismo, el positivismo y el humanismo. La educación fue el mejor instrumento para lograr el progreso y la unidad nacional. Se puede considerar un legado porfirista al sistema educativo actual, que sigue basado en los principios de la ciencia, la razón y la moral.

Ahora bien, veremos cómo la regulación que instaló el estado en México después de la secularización, tanto en lo legal como en lo social, manifiesta diversos lineamientos que conservan los preceptos morales de la iglesia y que hoy en día conllevan consecuencias que marginan una diversidad amplia de sujetos, de vínculos y de manifestaciones erótico-afectivas.   

Señalaremos como el discurso moral junto con la legislación de esta sociedad demarcaron las formas de convivencia doméstica y conformaron al hogar como un espacio de carácter privado. De la mano de esto, veremos cómo fue que se formó también el hogar como el espacio de la intimidad y del resguardo, con lo que podremos atender los principios clasificatorios e ideológicos que conformaron a los espacios sociales y a los sujetos que los ocupan.

La legislación de los delitos sancionados en ese periodo jugó un papel importante para la diferenciación del significado de los actos de los sujetos hombres y mujeres, y para la aprobación de los espacios sociales en los que debían interactuar. Por ejemplo, en las denuncias de adulterio, se encuentra que eran los hombres quienes alegaban con mayor frecuencia la transgresión de sus esposas. Esto tenía que ver con que se consideraba el adulterio femenino como una falta más grave que la realizada por los varones, en la medida en que se entendía, aquel atentaba contra el honor familiar. Es así que las denuncias de las esposas eran menos consideradas por las autoridades, lo que desanimaba a estas a emitirlas, en cambio, las de los esposos conseguían mayor atención y consecuencias. 

Debemos contemplar que, hasta aquí, el contrato de matrimonio al que hemos referido, y con el cual una pareja de cónyuges se legitimaba ante la familia y ante la sociedad, tiene carácter religioso. El matrimonio como contrato civil aparecería en 1857 con las Leyes de Reforma.  La Guerra de Reforma representó la ruptura legal del Estado y la Iglesia. Destaca la creación del registro civil y la conformación de códigos específicos en la materia. El seguimiento de las normas jurídicas en esta materia fue lo complicado, por el adoctrinamiento social y la construcción religiosa de las familias mexicanas.        

Se puede ver en la legislación del México de principios del siglo XX como sustentaba aún la división del trabajo que los códigos morales del catolicismo promovieron para la sociedad. En 1917 la Ley de Relaciones familiares establecía para el esposo el derecho de mantener a la familia. Si bien la esposa podía apoyar esta tarea, su deber principal era el cuidado de los niños y de la casa. En 1932 apareció un nuevo código civil que eliminaba la ley antes mencionada. Este código reconocería la igualdad jurídica para hombres y mujeres emparejados. Esto suponía iguales derechos respecto a la educación de los hijos, las mujeres podían emplearse en algún trabajo o profesión sin necesidad de pedir permiso al marido, salvo con la condición de que, otra vez, no descuidaran sus deberes en el hogar y con los hijos (Esteinou: 2008: 166). 

De esta manera, la sexualidad entre los cónyuges se entendía como un deber validado por el contrato matrimonial en el que en las mujeres recaía la obligación de cumplir a todo momento, mientras que los esposos podían hacer uso de su derecho bajo cualquier circunstancia. También el discurso medico apoyaba lo anterior, pues sostenía que el deseo sexual de los hombres era mayor al de las mujeres, lo que justificaba la diferente actitud que cada uno adquiría (Ibídem, 168). 

Podemos ver como en estos últimos casos, son las leyes jurídicas las que norman el sometimiento de los individuos, apoyadas y continuadas de la normatividad de la visión teológica. De nueva cuenta, estas afectan de manera distinta según el individuo de quien se trate.

EL SUJETO MEXICANO

Es momento de trazar los ejes simbólicos en los que se han encaminado y por los que transitan, no por elección propia, las individualidades y las familias de la nación mexicana. Hacia la primera mitad del siglo XX, las familias en México se organizaron por el principio del familismo, el cual sugiere un modo de relación comprendido por la unidad y solidaridad familiar como compromiso obligado para sus miembros, por encima de los intereses individuales. Rosario Esteinou (Ibídem) menciona que: 

Con ello se favoreció la conformación no solo de la libertad de elección del cónyuge, sino también de ir generando un espacio, el matrimonio donde la sexualidad y el afecto se unían (…) sustituyendo a los intereses económicos colectivos. De nueva cuenta, este fenómeno se dio, en principio, entre españoles de las zonas urbanas. Lo que el catolicismo predicaba era la idea del familismo y [de la] fuerte cohesión interna, que tomaba el núcleo familiar como depositario de la voluntad de Dios (175).

La mujer, en su rol de madre, se definía de acuerdo con la disposición y dedicación que daba a los miembros de la familia. De esta manera, sacrificaba sus intereses y deseos con tal de brindar atención a los hijos y a su esposo. Esta idea de la mujer atenta y dedicada a su núcleo familiar, era promovida por la iglesia católica, y formaría parte de la imagen de la mujer abnegada y sacrificada de las familias mexicanas (Ibídem, 171).       

A principios del siglo XX, el lugar de los hijos en la conformación de la familia nuclear añadiría otro elemento a esta organización. La noción afectiva que se desarrolló en torno a la niñez conformaría una actitud determinada para el padre así como para la figura de la madre. Para esta ultima, se entendería como la principal en cercanía y manifestación de afecto, en tanto que la del padre sería más apartada. Rosario Esteinou (Ibídem) apunta que para este periodo los vínculos de la figura paterna con los hijos:

Eran (…) distantes, prácticamente con una ausencia de involucramiento en su crianza y con una muy débil demostración del afecto que era reforzado por la ideología del macho, fuerte, que no muestra sus sentimientos. Para ellos, la preocupación de sacar adelante a la familia a través de su trabajo era lo más importante. [Era] la madre [quien] se dedicaba por completo a la crianza de los hijos y a través de ella se desarrollaba la afectividad (172).

Para este momento el matrimonio había tomado una nueva forma y una nueva función. Mientras que durante los periodos descritos al principio, una de las funciones del matrimonio era de tipo económico; ahora hombres y mujeres “elegían cada vez más casarse por amor y proteger su relación con la privacidad y la distancia frente a los otros, el ideal que se perseguía en las relaciones de pareja era el del matrimonio de compañerismo, orientado fuertemente por el amor romántico” (Ibídem, 179).       

Vale señalar qué formas específicas de trabajo llevarán a cabo cada uno, y en qué lugares las realizaban. La institución matrimonial le asigna un papel y una actitud a cada cónyuge distinta de la del otro. Hemos mencionado que uno de los principales deberes asignados al hombre tiene que ver con la manutención y el aporte económico en el hogar; lo cual presupone ciertos otros deberes recíprocos de su conjugue. Las actividades que cada quien llevaba a cabo, mantenían los papeles del hombre-esposo-proveedor de la familia y de la mujer como madre y esposa al cuidado y atención de los quehaceres del hogar. Este último rol se vio reforzado por saberes aportados por discursos de disciplinas como la, la medicina, la educación y por planteamientos provenientes de la pedagogía y la psicología. 

LOS SUJETOS EN EL ORDEN CONTEMPORÁNEO 

Contexto neoliberal y proceso modernizador

La política neoliberal es la última versión del proyecto modernizador. Llevada a su extremo, ha acrecentado más que nunca la distancia entre el México occidentalizado del “México profundo”. El proyecto liberal respondía al reto de unificar a la nación; en su versión actual conduce, de hecho, a aumentar la escisión entre esos dos Méxicos. (Villoro, 1998). 

Durante las últimas décadas del siglo XX, la sociedad mexicana experimentó una serie de transformaciones de orden material y simbólico que incidieron en la manera con la que se concebía a la identidad masculina y femenina de los sujetos, sus practicas y los espacios sociales en los que podían interactuar. Este periodo de modernización por el que transitó el país, dio pie a una variación de los planos de segmentación social que llevó a que la forma en que se constituía el matrimonio y la vida familiar se comprendiera y organizara de nuevas maneras. 

Esteinou identifica tres dimensiones de la vida social que se han transformado y que han envuelto a la dinámica domestica y familiar. La primera de ellas se trata de la esfera económica. Acerca de esta apunta que “la expansión y diversificación del sector terciario, (…) sobre todo a partir de la década de los setenta, dio un gran impulso a la participación económica de las mujeres, [lo cual llevó a] un proceso de redefinición, (…) y  renegociación en la estructura rígida de roles” (Ibídem, 187), principalmente en la organización económica del hogar y en la apertura a la mujer como agente económicamente activo de la sociedad. 

Este reacomodo de la dinámica social, influyó en que los hombres se involucraran más en las labores domésticas. Aunque Esteinou identifica que mientras en las mujeres se mantuvo una dedicación a las labores domésticas permanente, los hombres se dedicaron a realizar tareas específicas, principalmente aquellas que podrían verse como creativas, por ejemplo el cocinar. En tanto que tareas consideradas de menos estatus, como lavar los baños, son menos realizadas.

En relación con los hijos, la condición del vinculo también ha sido permeado por este proceso. La participación de los padres en la atención con los hijos se manifiesta de manera distinta. Parecido a lo que sucede con las labores domésticas, en este momento, los padres se vinculan con los hijos mediante juegos y actividades de recreación; por su parte, las mujeres se encargan de los cuidados físicos y diarios, como el bañarlos, dormirlos, alimentarlos, etc. (Ibídem, 190).     

Otra faceta de esta transformación refiere a lo demográfico, donde esta autora menciona que la ampliación de la esperanza de vida y la disminución del índice de mortalidad que permitieron los avances tecnológicos y médico, dieron paso a tasas de fecundidad elevadas, que posteriormente se regularon. Este cambio en la dinámica demográfica, fue posible, en buena parte, debido a políticas de planificación familiar implementadas por el gobierno mexicano, como las de “la familia pequeña vive mejor”, o “pocos hijos para darles más”. A parecer de la autora, esta lógica de planificación permeó considerablemente en la significación que hoy en día adquieren los hijos (Ibídem, 191) .

La última esfera atiende al terreno sociocultural. Aquí, Esteinou identifica que para ese momento en la sociedad mexicana circulaban valores culturales de distintos ordenes. Por un lado, los valores concernientes a la modernización, la economía de mercado, la tolerancia, la democracia, etc., por otro, valores pertenecientes a la tradición colonial europea que atienden a la sexualidad, la distinción de géneros, la familia como grupo solidario por encima del desenvolvimiento individual, etc. Este encuentro entre nuevos y viejos valores inciden en la vida cotidiana de los individuos, permea la organización de la sociedad mexicana, la constitución de las familias y el tipo de relación con el espacio doméstico. Esteinou apunta que la manifestación de estos elementos en la cultura no se da de manera homogénea, sino por el contrario; considera el cruce de variables sociales como las regiones, la clase social, el grupo étnico, la generación, etc. (Ibídem, 200) 

Esta transformación de lo económico, lo demográfico y lo cultural, permite llevar a cabo nuevas practicas sociales que se acompañan de nuevas maneras de comprender y relacionarse con el mundo social. Tal dinámica de las condiciones sociohistóricas, siguiendo a Amigot y Pujal (2009), vuelven a los cuerpos objeto de técnicas corporales y discursos normalizadores variables que establecen el marco de interacción entre los individuos, en nuestro caso, en el ámbito familiar y el hogar. 

Como mencionamos, la circulación entre los espacios sociales por los sujetos hombres y por mujeres es desigual, pues los modos de experimentarlos serán particulares según la noción que se tenga de la identidad de cada uno, así mismo se condiciona la relación que cada quien tiene con cada espacio, lo que tendrá consecuencias distintas a la hora de habitarlos. De esta manera se configura el lugar y relación que guarda al sujeto hombre y la mujer con cada lugar de la vida social. 

La incorporación masiva de mujeres al mercado laboral, a partir de los cambios y demandas económico políticas del pasado siglo llevaron a que los diferentes espacios y sus sujetos se vieran a interactuar de una manera no vista ni considerada antes. En el estudio de geografía social en la Ciudad de México, Paula Soto (2013) señala que “el espacio público urbano no se experimenta de la misma forma por hombres y por mujeres” (213).

En un artículo sobre la relación entre subjetividad y las nuevas tecnologías, Raymundo Mier (2005), aborda específicamente  el tema del régimen tecnológico y sus incidencias en la vida moderna poniendo de relieve la figura de lo que es y produce el mercado en los vínculos sociales. 

En este artículo, Mier entiende al mercado como “la construcción de mecanismos y saberes de intervención y de control sobre el proceso de consumo, un conjunto de tecnologías de información sobre la generalización del valor y las magnitudes del intercambio”(p. 21). El planteamiento de Mier señala que la lógica de mercado absorbe todas las interacciones de la sociedad, si entendemos a esta como un sistema de intercambio de mercancías, mensajes y alianzas –conyugales-. 

     Expone que la “incidencia simultánea del mercado en todos los órdenes institucionales y la permeabilidad de las formas de vida a la ‘razón tecnológica’, engendran un sentido de cohesión (…) en la segmentación creciente de los procesos sociales” (Ibídem, 26). Donde la “simultaneidad del mercado articula la tensión entre las normas, pero también reclama formas de vida y patrones de subjetividad singulares” (ídem). 

     De esta forma, para este autor, “surge plenamente el ‘tiempo tecnológico’ –el de la rapidez, el del ‘acto eficaz en sí mismo’, el de la adecuación plena entre acción, objeto, fines y rendimiento (…) El tiempo tecnológico transfiguró radicalmente el universo de lo social, transformó el sentido de los actos, de los vínculos, de los afectos,” (Ibídem, 27).

     Este poder abarcador de las tecnologías del mercado hacen que “el vínculo con el otro (…) se condense en las figuras del rendimiento, la eficiencia y la creación de excedentes” (Ibídem, 31), lo cual incide en la duración de los vínculos de alianza y el desarrollo de lo intimo. Explica que esto se debe a que el sentido del mercado se ha acompañado de una eficacia alegórica, lo cual no quiere decir estrictamente que “las significaciones, los afectos, las relaciones o el prestigio sean mercancías [sino que] se ha operado una equiparación simbólica vacía, una ilusión mimética sin fundamento entre entidades y magnitudes sociales y el orden de la mercancía” (Ibídem, 37). 

Mientras el número de matrimonios en el país disminuye año con año, la cantidad de divorcios se ve en aumento.   

     Ahora observemos el comportamiento de la cantidad de divorcios durante el mismo periodo.  

     Lo que resulta de los datos referidos anteriormente es que, para el año 2016, en promedio, en el país por cada 100 matrimonios se tienen 22.2 divorcios. Tal como se ve en la siguiente gráfica.  

     Sin embargo, este dato atiende al promedio nacional de la relación entre matrimonios y divorcios en México en el último par de décadas.

El sociólogo polaco Zygmunt Bauman (2013) en su obra Amor líquido: acerca de la fragilidad de los vínculos humanos, establece analogías entre el tipo de relaciones interpersonales y la actitud consumista que se encuentran en la sociedad occidental moderna. Este autor indica que en una sociedad dominada por las fuerzas del mercado, las relaciones personales son parecidas a una inversión como cualquiera. Explica que las personas “compran acciones y las conservan durante todo el tiempo que prometen aumentar su valor, y las vende rápidamente cuando las ganancias empiezan a disminuir o cuando otras acciones prometen un ingreso mayor” (p. 31). Entonces aquellos que tienen acciones “leen cada mañana en primer lugar las páginas dedicadas a la bolsa para descubrir si es el momento de seguir conservándolas o venderlas”. En esta analogía el sociólogo polaco ironiza diciendo que “para el otro, usted representa acciones a vender o perdida con la que se debe terminar, y nadie consulta a las acciones antes de devolverlas al mercado, o a las perdidas en el momento que se producen” (Ibídem, 36). 

Al igual que el economista Becker, Zygmunt Bauman concibe como mercancías u objetos de consumo -emocional- eventos tales como los hijos, el amor, etc. y remarca que estos tal como cualquier otra mercancía sirven para satisfacer necesidades o deseos de quienes los consumen. Al equiparar hechos como el amor o las relaciones de pareja con mercancías, afirma que “la vida útil de los bienes por lo general sobrevive a la utilidad que tienen para el consumidor. Pero si son usados repetidamente, los bienes adquiridos frustran la búsqueda de la variedad, y el uso sostenido hace que pierdan su lustre brillo” (Ibídem, 38). De forma sarcástica añade que “pobres de aquellos que, por escasez de recursos, están condenados a usar bienes que ya no prometen sensaciones nuevas e inexploradas. Pobres aquellos que por la misma razón quedan pegados a uno solo de esos bienes sin poder acceder a la variedad aparentemente inagotable que los rodea” (Ibídem, 41).

    CONCLUSIONES 

Por ahora, este ejercicio plantea una mirada a los vínculos y a las estructuras de parentesco, que de ellas dependen, que la sociedad moderna construye y reconstruye incesantemente en su dinamismo actual; pero bien sabemos que la presencia del mercado, y la lógica que lo alimenta, trastoca todas las condiciones objetivas en que cada individuo concreto se desenvuelve y convive con los demás.  

BIBLIOGRAFÍA Y BASES DE DATOS

AMIGOT, Leache, Patricia y Pujal i Llombart, Margot, 2009. “Una lectura de género como dispositivo de poder”. En Sociológica. (Núm. 70, año 24), pp. 115-152.

Anderson, B. (1993). Comunidades imaginadas. México: Fondo de cultura económica.

Arizpe, L. (2011) Cultura e identidad. Mexicanos en la era global” [en línea] Revista de la Universidad de México. Nueva época. Octubre 2011, No.92. <http://www.revistadelauniversidad.unam.mx/9211/arizpe/92arizpe.html&gt;

BÉjar Navarro, R. (1994). El mexicano: aspectos culturales y psicosociales. (Sexta Edición ed.). Ciudad de México, México: Universidad Nacional Autónoma de México.

Carrión, J. (1970). Mito y magia del mexicano y un ensayo de autocrítica (Segunda edición ed.). Ciudad de México, México: Editorial Nuestro Tiempo.

Colección Multidisciplinaria: La identidad nacional mexicana como problema político y cultural. Nuevas miradas. (R. Bajar Navarro, Comp.). (2005). Cuernavaca, Morelos: UNAM, Universidad Nacional Autónoma de México.

Departamento de Estudios Generales. (Ed.). (2015). Problemas de la Realidad Contemporánea: Identidad y cultura. Ciudad de México, México: ITAM.

ESTEINOU, Rosario, 2008. La familia nuclear en México: lecturas de su modernidad siglos XVI al XX, México, Miguel Ángel Porrúa – CIESAS.

Florescano, E. (1996). Etnia, estado y nación.: ensayo sobre las identidades colectivas en México. (Primera Edición ed.). Ciudad de México, México: Nuevo Siglo.

FOUCAULT, Michel, 2014. Historia de la sexualidad: el uso de los placeres, México : Siglo XXI.

GARCÍA, Antonio, “El diablo: un ángel necesario”, en Antonio García de León, Jean Franco, Raquel Serur, Sandra Lorenzano, Isaac García, 2015. Cuerpo y transgresión en la modernidad, UNAM, pp. 13-38.

Gellner, E. (1987) Naciones y nacionalismo. Madrid: Alianza.

Gellner, E. (1998). Cultura, identidad y política: el nacionalismo y los nuevos cambios sociales. (Tercera edición ed.). Barcelona, España: Editorial Gedisa.

GONZALBO, Pilar, 2016. Los muros invisibles. Las mujeres novohispanas y la imposible igualdad, Ciudad de México: El Colegio de México.

Gómez Robleda, J. (1965). Psicología del mexicano: motivos de perturbación de la conducta psicológica-social del mexicano de la clase media. (Segunda edición ed.). Ciudad de México, México: Universidad Nacional Autónoma de México.

Guerrero, O. (1980). La administración pública del estado capitalista (Primera edición ed.). México: Instituto Nacional de Administración Pública.

Instituto Nacional de Estadística y Geografía. (2017, 31 octubre). Relación divorcios matrimonios por entidad federativa de registro, 2010 a 2016 [Conjunto de datos]. Recuperado 16 enero, 2018, de http://www.beta.inegi.org.mx/app/tabulados/pxweb/inicio.html?rxid=ad37962e-7df7-44f6-9ade-bbbddab01d4b&db=Nupcialidad&px=Nupcialidad_5

LAVRIN, Asunción, “La sexualidad y las normas de la moral sexual”, en Antonio

Rubial García (coord.), 2005. Historia de la vida cotidiana en México. La ciudad barroca (Tomo II). El Colegio de México – Fondo de Cultura Económica, pp. 489-517.

Paz, O. (1992). El laberinto de la soledad (Segunda Edición ed.). Ciudad de México, México: Fondo de Cultura Económica.

Renan, E. (1882) Qu’est-ce qu’une nation?. Paris.

Secretaria de la Defensa Nacional, SEDENA. (2018) “La Identidad Nacional: pilar fundamental en la Seguridad Nacional” [en línea] Colegio de la Defensa Nacional. <http://www.sedena.gob.mx/pdf/art_int/identi_nal_segnal.pdf.&gt;.

SOTO, Paula, 2013. “Entre los espacios del miedo y los espacios de la violencia: discursos y prácticas sobre la corporalidad y las emociones” en Miguel Ángel Aguilar y Paula Soto (coords.). Cuerpos, espacios y emociones. Aproximaciones desde las ciencias sociales. Universidad Autónoma Metropolitana-Iztapalapa y Porrúa, México, pp. 197-220.

Valenzuela, J., Coordinador. (1992). Decadencia y auge de las identidades: cultura nacional, identidad cultural y modernización. (Primera edición ed.). Tijuana, Baja California: El colegio de la frontera norte.

Villoro, L. (1998). Estado plural, pluralidad de culturas. (Primera edición ed.). Paidós

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s