Cada viaje que realizamos a lo largo de nuestra vida es una paso que nos dirige a la comprensión de la pluralidad de acto y pensamiento, y, por ende, al desarrollo de nuestra capacidad de empatía y tolerancia. Además, cada travesía nos llena de momentos y experiencias fascinantes que, seguramente, son imposibles de vivir en nuestro entorno habitual.
Cuando visitamos otros lugares somos testigos de diferentes formas de pensar y de actuar, lo cual abre nuestra perspectiva y nos lleva a comprender que el lugar donde vivimos condiciona nuestra conducta y nuestra visión del mundo. Esto hace que aceptemos dichas formas de pensar y actuar distintas a las nuestras y vivamos en paz y armonía con las personas que viven manera distinta.
Por otro lado, es indescriptible la sensación de satisfacción que sentimos cuando logramos descubrir que estas formas de pensar y actuar se reflejan en la arquitectura, las tradiciones, la gastronomía, las costumbres, la religión, el arte…de cada lugar que visitamos, dando como resultado obras que deleitan nuestros sentidos y provocan en nosotros un gran sentimiento de plenitud y felicidad.
Es clara la razón que nos lleva a pensar que los viajes enriquecen, no solo a nuestra persona, los viajes también abren nuestra perspectiva como individuos inmersos en una colectividad, que no es homogénea, y que, para su desarrollo, necesita de personas capaces de ser empáticas y tolerantes con los otros.


